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Otoño en Pekín, Boris Vian

b_otoñoComo el último libro que leí de Boris Vian me impactó mucho y no recordaba nada de mi primera lectura de Otoño en Pekín salvo que me había gustado en mi adolescencia, he aprovechado estos días  para volverlo a leer y mi sorpresa ha sido que no me ha gustado tanto como la primera vez que lo leí por eso es cierto impresión que te causa un libro varía mucho en función de tu estado de ánimo.

Este es un libro muy surrealista y yo en este momento de tantos dolores por el brazo necesitaba algo de trama que me enganchara por lo que no lo he disfrutado con la frescura y sorpresa de la primera vez que lo leí.

La novela es más bien un ejercicio de provocación y irreverencia. Con esta historia hace una sinfonía que parodia la sociedad burocrática y de despacho donde se toman decisiones económicas de forma arbitraria sin importar las consecuencias para los trabajadores ni para el resto las personas implicadas. Todo ello aderezado por las relaciones sexuales o amorosas que son el motor de los personajes y que son presentadas de forma directa y sin tapujos.  Pero lo hace de una manera tan velada que parece toda la novela una tontería cuando en realidad no lo es.

La historia se estructura como una partitura en diferentes movimientos reflejando las influencias musicales del escritor. Y además consta de epílogos a modo de entreactos donde se introduce al lector en lo que irá sucediendo de forma divertida e irónica.

El escritor juega con los personajes que son un poco marionetas en un teatro de locos. Lo más divertido son sus retorcidas expresiones y curiosos razonamientos.

La historia nos lleva a construir un ferrocarril inútil en medio de un desierto inexistente en Exopotamia donde el sol luce a rayas y al que se llega por un autobús sin paradas conducido por un loco.

Es un libro que hay que leer para saber si te gusta o no pero tiene algunas frases verdaderamente divertidas y surrealistas que no he podido resistir subrayar.

Cómo esta curiosa perla para describir a un personaje. Me parto de la risa.

“Dupont, hijo de laboriosos artesanos, los había matado a fin de que parasen de una vez y pudiesen descansar en paz.” (Pag 74)

O esta conversación que tampoco tiene desperdicio

. ¿Qué edad tiene usted?
—No puedo darle ninguna cifra. He olvidado el principio. Lo único que podría hacer es repetir algo que me han dicho y de lo que no estoy seguro. Prefiero callar. En todo caso, soy todavía joven.
—Yo le daría veintiocho años.
—Se lo agradezco —dijo Amadís—, pero no sabría qué hacer con ellos. Seguramente encontrará usted alguien a quien hacerle ese favor. (Pag 79)

O este otro párrafo que se mofa de los rituales religiosos y los lleva al limite de la irreverencia en esta conversación del abad  con el ermitaño

—¿Has elegido alguna acción santificadora?
—¿Cómo dice?
—¿Es que nadie te lo ha explicado? Algo en el estilo de permanecer a pie quieto en lo alto de una columna o flagelarse cinco veces al día o llevar cilicio o comer piedras o dedicar a la oración jornadas de veinticuatro horas, etcétera, etcétera.
—Nadie me ha hablado de eso. ¿Puedo elegir algo diferente? Todo lo que usted me propone no me parece bastante santificador y, encima, ya lo han hecho otros.
—Hijo mío, desconfía de la originalidad —dijo el abad.
—Sí, padre —asintió el ermitaño, que estuvo unos momentos meditando, para acabar proponiendo—: Puedo fornicar con Lavándula…
Entonces le correspondió al abad el turno de reflexionar con intensidad.
—Personalmente no veo ningún inconveniente. Pero ¿has pensado que tendrás que hacerlo cada vez que haya visitantes?
—Resulta agradable —contestó Claude Léon.
—De acuerdo, entonces. ¿De terciopelo rosa, realmente?
—Realmente. (Pag. 143)

Se trata de un libro diferente que puede que o no te guste nada o te encante. No creo que sea apto para todo el mundo pero es una lectura curiosa y bastante breve que no os dejará indiferentes.

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